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Mis orígenes

Entre el norte y el sur, entre lenguas y viajes: de dónde viene mi forma de mirar el mundo.

Mi historia familiar tiene raíces en el norte y en el sur de Europa.

Por parte de madre, en el norte de Francia. Mi madre nació en Lille y de ese lado viene Vermeersch, un apellido flamenco, contracción de van der Meersch, ligado a las tierras bajas junto al agua. Un nombre que ha ido viajando entre Bélgica y Francia a través de generaciones y matrimonios.

Por parte de padre, la historia mira hacia el sur y lleva consigo el exilio. Tras la Guerra Civil española, mi abuelo, nacido en Barcelona en 1926, cruzó los Pirineos a pie cuando apenas era un adolescente. Mi abuela salió de Aragón. Mi padre nació ya en Francia y yo, años después, en Avignon.

También Morant guarda una historia mediterránea. Aunque pueda sonar francés, es un apellido valenciano, el de mi bisabuelo, y se ha relacionado con una antigua raíz árabe. Otra pequeña huella de todos los pueblos, desplazamientos y encuentros que han ido dejando su rastro en una familia.

Me gusta pensar que soy un combinado de dos mundos: la calma del norte y la chispa del sur.

Crecí en Francia, pero muchos de mis veranos transcurrieron junto a mis abuelos paternos, entre Reus y Teruel. Allí fui aprendiendo el idioma casi sin darme cuenta. Al principio era tímida y me daba vergüenza hablarlo, aunque lo entendía todo; después, mis estudios internacionales y mis estancias en Asturias y en México me permitieron perfeccionarlo año tras año. Con él llegó también una manera distinta de relacionarse, de compartir y de vivir. Aquella cercanía nunca desapareció. Hace más de veinte años decidí volver a esas raíces e instalarme en Cataluña y, años después, pude recuperar también oficialmente esa parte de mi historia al obtener la nacionalidad española como nieta de personas exiliadas.

Pero nunca he sentido que tuviera que elegir entre una orilla y otra. Antes que francesa o española, me siento europea. Europa representa para mí precisamente eso: identidades diferentes que no tienen por qué excluirse, lenguas que conviven y culturas capaces de encontrarse sin dejar de ser ellas mismas.