Me subí al tren de la IA en cuanto apareció y todavía no me he bajado: la pruebo, sigo su evolución y busco nuevas formas de sacarle partido. He visto su paso de la IA generativa a la IA agéntica, con avances tan asombrosos como vertiginosos. Hoy forma parte de mi día a día, de la creación de contenidos a la automatización de tareas con agentes.
Siento que estamos ante algo enorme que nos abre un abanico de posibilidades increíble, y es el momento de ponerse al día para no quedarse atrás. Sin embargo, creo que no basta con usar la IA por encima. El cambio real llega cuando la integramos a fondo en el día a día y replanteamos la estrategia operativa de las empresas. Se trata de sentarse a ver qué parte del trabajo resuelven mejor las máquinas y dónde aportamos las personas el valor real, ese que nadie nos puede sustituir.
Eso sí, el término «inteligencia artificial» no termina de convencerme. Yo prefiero hablar de inteligencia ampliada: no es una inteligencia que sustituya a la nuestra, sino una herramienta que amplía lo que ya sabemos hacer —buscar, ordenar, contrastar, crear— sin pensar por nosotros. El criterio, el contexto y la empatía siguen siendo de carne y hueso.
Lo hago con un enfoque consciente: priorizo la confidencialidad de la información y el respeto a la regulación y a la ética, y tengo siempre presentes los límites de la tecnología, el contexto y la validación humana.
Cuanto más capaz es la IA, más valor tiene lo humano:
el criterio, la empatía y la capacidad de entender a las personas.
