
La idea de El Principito —que lo esencial no siempre se ve a simple vista— me hace pensar en cómo usamos los datos para entender a las personas.
Un CRM puede decirnos cuándo alguien contactó con una empresa, qué preguntó o en qué momento dejó de responder. Es información útil. Pero no siempre explica qué esperaba, qué le hizo dudar o qué había ocurrido antes.
Mientras observo estas herramientas, me pregunto si a veces confundimos lo que podemos registrar con todo lo que está pasando. Una cifra describe algo concreto, pero detrás puede haber motivos distintos. Y algunas cosas, como una expectativa que nunca se expresó, quizá no lleguen a convertirse en dato.
La IA puede ayudarnos a encontrar patrones y ordenar mucha información. Aun así, el resultado depende de qué preguntamos y de qué quedó registrado. Si falta contexto, analizar más datos no necesariamente nos acerca a comprender mejor.
No creo que debamos elegir entre datos e intuición. Me interesa pensar cómo combinarlos con investigación y criterio, sin dar por hecho que ya entendemos lo que vive la otra persona.
Por ahora, intento detenerme en estas preguntas: ¿qué estamos observando?, ¿qué estamos interpretando? y ¿qué puede estar quedando fuera?
Quizá comprender empieza también por reconocer lo que todavía no sabemos.
Eugénie Morant Vermeersch
