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¿La emoción también tiene idioma?

Una reflexión sobre los idiomas, la memoria y la distancia desde la que vivimos algunas emociones.

Una misma mujer ante dos espejos. En un reflejo está más tensa y en el otro sonríe.
Ilustración editorial generada con IA.

Buscando información encontré un estudio publicado en Cognition en 2026 con 1.083 personas bilingües.

Los investigadores observaron que, ante situaciones potencialmente embarazosas, aumentaba la tendencia a utilizar la lengua extranjera. Los participantes también esperaban una reacción emocional menos intensa al hacerlo. [1]

No significa que sintamos menos por hablar otro idioma. Pero sí apunta a que la lengua que utilizamos puede modificar la distancia desde la que procesamos determinadas emociones.

Otro estudio de 2026 utilizó neuroimagen para observar cómo reaccionaba el cerebro de personas bilingües ante información relacionada con una amenaza. También encontraron diferencias dependiendo de si la información se recibía en la lengua dominante o en una segunda lengua. [2]

Ahí volví a pensar en el español.

Utilizo la palabra terapéutico con cuidado. Hablar otro idioma no es una terapia y no pretendo convertir mi experiencia en una regla general. Pero a mí sí me ha producido, en algunos momentos, un efecto parecido.

El francés está ligado a mi infancia, a mi familia y a muchas capas de mi historia. El español llegó después. Quizá por eso algunas palabras no llevaban exactamente el mismo equipaje.

También existe investigación sobre el procesamiento de recuerdos autobiográficos negativos en una lengua extranjera. Los resultados todavía son limitados, pero apuntan a que el idioma puede influir en cómo reaccionamos emocionalmente al recordar determinadas experiencias. [3]

Eso no significa borrar el pasado. En mi caso ha sido más bien encontrar otra posición desde la que mirarlo.

Hablar varios idiomas también obliga al cerebro a hacer un pequeño ejercicio constante. Elegir palabras, controlar interferencias, cambiar de código según el contexto. Me gusta pensar en ello como un gimnasio, aunque sin prometer superpoderes.

Porque quizá lo más interesante de hablar otras lenguas no sea que nos haga «más inteligentes». Es que nos obliga a salir del automatismo.

A buscar otra palabra. A aceptar que algo no tiene una traducción exacta. A descubrir que una misma idea puede construirse de otra manera. Y, a veces, que tampoco sentimos exactamente igual aquello que traducimos.

Yo no soy otra persona cuando hablo francés, español, catalán o inglés. Pero sí empiezo a sospechar que no siempre miro desde exactamente el mismo lugar.

Un día, escuchando una emisión de radio en la que se explicaba este fenómeno, pude poner palabras a lo que sentía. Me ayudó a reconocer una sensación que ya estaba ahí.

Y quizá por eso sigo encontrando los idiomas tan fascinantes. Porque no solo nos dan nuevas palabras para hablar con el mundo. A veces también nos dan otra forma de hablarnos a nosotros mismos.

Eugénie Morant Vermeersch

Fuentes

  1. Cognition (2026) · Lau y colaboradores · La vergüenza orienta la elección de lengua ↗
  2. NeuroImage (2026) · Davydova y colaboradores · Lengua extranjera y respuesta neural al miedo ↗
  3. Frontiers in Psychology (2023) · Ortigosa-Beltrán, Jaén y García-Palacios · Recuerdos autobiográficos negativos en una lengua extranjera ↗