Detrás de una misma compra
Cuanto más me adentro en la investigación de clientes, más consciente soy de algo que ya intuía desde el marketing: un segmento casi nunca es un grupo homogéneo. Dentro de una misma franja de edad, de renta o de sector conviven pequeños mundos, microsegmentos o nanonichos, cada uno con sus motivaciones, sus códigos y sus expectativas. Y detrás de una misma decisión pueden esconderse razones que no se parecen en nada.
Durante años he trabajado con la intuición que da la experiencia, y sigo valorándola. El ojo entrenado es un buen punto de partida para plantear hipótesis. Pero estoy aprendiendo a no confundir una hipótesis con una evidencia. La sensación nos dice por dónde empezar a mirar. La investigación nos dice si lo que creemos ver es real.
Por eso me interesa cada vez más la investigación cualitativa. Las encuestas ayudan a saber cuántos, y las entrevistas, a entender por qué. En una conversación aparece lo que no cabe en una casilla: el contexto, los matices, las contradicciones y todo lo que se dice entre palabras. Y voy descubriendo que muchas veces lo más revelador no es lo que alguien cuenta, sino cómo y cuándo lo cuenta.
Entender así a cada público es lo que permite tender un puente emocional con él. Una conexión en la que cada segmento se sienta reconocido, se identifique con lo que le contamos y pueda proyectarse en ello a la velocidad de la luz. Cuando alguien piensa «esto va conmigo», la conversación empieza sola.
Sigo explorando, preguntando y aprendiendo a escuchar mejor. Pero cada vez tengo más claro que querer hablarle a todo el mundo suele ser la forma más rápida de no hablarle a nadie.
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La intuición señala dónde mirar. La escucha, lo que de verdad hay.
Eugénie Morant Vermeersch
