
Siempre me han fascinado las palabras. Quizá porque parecen pequeñas y, sin embargo, pueden cargar muchísimo peso.
Una frase puede acompañarnos durante años. Para bien o para mal.
Puede tranquilizar, dar confianza, hacer sentir a alguien que pertenece. También puede encerrar, etiquetar o reducir a una persona a algo que quizá nunca eligió ser.
En 2025 encontré un artículo cuyo título decía precisamente The power and pain of words. Analizaba cómo el lenguaje utilizado con pacientes después de una experiencia médica adversa puede ayudar a reparar o, por el contrario, aumentar el daño. [1]
Otro ensayo clínico del mismo año, realizado en acompañamiento espiritual hospitalario, encontró menores puntuaciones de síntomas depresivos tras las consultas con profesionales formados en compasión. Sus autores relacionaron parte de ese efecto con un lenguaje más inclusivo y orientado hacia la otra persona. [2]
Las palabras no son medicamentos. Pero tampoco son inocuas.
Y su influencia va más allá de cómo nos hacen sentir. La investigación sobre relatividad lingüística lleva décadas preguntándose hasta qué punto el idioma que utilizamos participa en la manera en que percibimos y organizamos la realidad. Un artículo teórico publicado en 2025 propone entender el lenguaje, el entorno y la cognición como procesos estrechamente entrelazados. [3]
Ahí es donde el lenguaje inclusivo me parece especialmente interesante. No tanto como una cuestión de corrección formal, sino como una pregunta mucho más básica.
¿Quién aparece en nuestra cabeza cuando utilizamos una palabra?
Una revisión científica publicada en 2025 recoge décadas de investigación mostrando que determinadas formas masculinas utilizadas como genéricas producen representaciones mentales sesgadas, mientras que formas más inclusivas pueden reducir parte de ese efecto. Los trabajos que recopila muestran que cambiar la manera de nombrar modifica quién resulta más visible mentalmente. [4]
Eso me hace pensar en algo que me importa mucho. Hay ideas heredadas que sobreviven no solo porque alguien siga defendiéndolas. A veces sobreviven porque continúan escondidas en nuestras expresiones, nuestros ejemplos, nuestros chistes o en las personas que imaginamos automáticamente cuando alguien dice «un científico», «un líder» o «una familia».
Repetir una palabra no significa compartir todo lo que históricamente llevaba dentro. Pero tampoco creo que podamos fingir que el lenguaje no deja huella.
Yo estoy convencida de que tenemos cierta responsabilidad sobre las palabras que elegimos. No porque cambiar el vocabulario vaya a cambiar mágicamente el mundo.
Sino porque las palabras participan en nuestras creencias. Las creencias influyen en expectativas y decisiones. Y las decisiones, repetidas durante años, sí pueden acabar cambiando trayectorias.
No sé si la ciencia puede medir algo tan grande como el destino. Pero cada vez me cuesta más pensar que sea indiferente cómo nombramos el camino que lleva hasta él.
Quizá el futuro también empiece ahí. En las palabras que decidimos seguir conjugando.
Eugénie Morant Vermeersch
Fuentes
- Frontiers in Health Services (2025) · Lenguaje al responder al daño en pacientes ↗
- PLOS ONE (2025) · Ensayo de acompañamiento espiritual hospitalario basado en compasión ↗
- Language Sciences (2025) · Relatividad lingüística desde un enfoque enactivo ↗
- Frontiers in Psychology (2025) · Revisión sobre lenguaje de género inclusivo ↗
